Los juegos de Elma Murrugarra


por Ismael Pinto Vargas


JUEGOS es la singular ópera prima de Elma Murrugarra, mujer niña que escribe con la sabiduría de una mujer de mil años y la alegría de una niña que ríe con la inocencia primera de los juegos inventados, que corren, se esconden, nos atisban y giran, en la esplendidez de ese espacio en el que Elma los ha colocado y allí han cobrado vida, y gozan ahora de una infinita libertad.

En sus hermosas Cartas a un joven poeta, Rilke nos dice que una obra de arte es buena si nació por necesidad. Y agraga: “en esta cualidad de su origen está su juicio, no hay otro”. Yo he tenido la suerte de ver como se ha gestado, paso a paso JUEGOS, el primer poemario de Elma Murrugarra.

JUEGOS ha tenido un largo y minucioso tiempo de espera. Gestación que no es otra que la necesidad de Elma de escribir, pero escribir poesía. De crear silenciosamente sin el afán inmediatista de publicar. Y en esa hermosa aventura se ha buscado un camino solitario y propio. Ha diseñado sus propios juegos que tienen por límites la página en blanco, y allí ha ocupado cuatro espacios: su propia Rayuela, las intimas Escondidas, su Matatirutirulá y su San Miguel que por una suerte de dripping tiene las manos moradas / espalda púrpura / uñas negras / piernas plomas / brazos violetas / pecho rosado / pies celestes / y el alma / bailando transparente.

JUEGOS es un poemario que ha ido depurándose en el tiempo, y de esto puedo dar fe. Ha ido dejando en el camino la hojarasca. Todo aquello que le impedía remontar el vuelo. Ese remontarse jubiloso y libre, llevando la risa y al mismo tiempo un murmullo de palabras antiguas, de citas en latín que desconciertan y referencias a los viejos griegos que nos sorprenden.

Es así que la poesía de Elma, el juego inocente, burlón, alegre, con un ligero esguince se transforma de metáfora lúdica, en canción que trasciende su propio juego, para indagar en la memoria, en la etopeya y en la eudemonía, pero también en la magia del amor convertida por los griegos en lipiria que, en el poema del mismo nombre cobra en flébil andamiaje verbal ese frío que carcome lentamente sin matar, cuando el amor deja de ser amor y ya es solamente olvido.

En Ronda, ese juego de la inocencia primera, al parecer ligado ingenuamente a la mitología griega y romana se entrampa con la realidad, que la poeta ve, la asume y la convierte en una canción infantil en que la justicia es elegantemente llamada Lumia (Elma se abstiene de poner el vocablo ramera). Quizá también un juego peligroso con y en el lenguaje que se vuelve paisaje conocido y ese paisaje deviene en la metáfora no de una realidad soñada, sino de nuestra realidad. La poeta dice con elegancia y economía de palabras, lo que el común puede manifestar en una blasfemia.

En JUEGOS, pues, las palabras nos invitan, divertidas y desafiantes a seguirlas, a leerlas, hasta conformar el poema. Que por su disposición como en un pentagrama, nos enseñan cómo las palabras pueden convertirse en música, en color y también silencio.

Lima, 13 de agosto de 2002